Los bufones
No estamos frente a la ignorancia ingenua. Estamos frente a la manipulación deliberada. No es que el bufón no entienda. Es que prefiere no entender en público. Porque la confusión, cuando se administra bien, es rentable.
No estamos frente a la ignorancia ingenua. Estamos frente a la manipulación deliberada. No es que el bufón no entienda. Es que prefiere no entender en público. Porque la confusión, cuando se administra bien, es rentable.
No les incomoda la violencia cuando sirve a sus propósitos. No les molesta que se intente desestabilizar a un gobierno recién asumido. No les preocupa desconocer el mandato ciudadano. La democracia, para ellos, es válida sólo cuando ganan, porque cuando ganan viven del fisco.
Tal vez por vergüenza, por tozudez o porque simplemente no tenía las respuestas, Bachelet nunca fue capaz de explicar por qué les dio la espalda a los niños -al verdadero futuro del país- y puso todas las fichas en los incumbentes, en aquellos incipientes agitadores políticos que exigían gratuidad en sus estudios profesionales.
Otra vez, como ocurrió en sus cuatro años en el poder, el saliente oficialismo quedó retratado como lo que fue: un conglomerado desordenado, ansioso y dispuesto a sacrificar cualquier principio con tal de sobrevivir un día más en la aritmética parlamentaria.
Cuando un país pasa todo un gobierno incumpliendo sus metas fiscales, calcula ingresos que después no existen y sigue gastando como si nada ocurriera, lo que hay no es mala suerte ni un problema técnico. Lo que hay es incompetencia.
El patrón se repite: la administración Boric no gestiona crisis; las “patea” con relato. Y el relato se construye con tres materiales baratos: contradicción, omisión e información parcial.
Marcel apostó -erradamente- a que su prestigio bastaría para compensar la indisciplina. Creyó que su sola presencia era garantía de responsabilidad, aun cuando los números gritaban lo contrario.
Al empujar la candidatura de Michelle Bachelet sin construir apoyos transversales y confrontando a figuras clave como Donald Trump y José Antonio Kast, el gobierno de Boric convierte una definición internacional compleja en un conflicto ideológico con altas probabilidades de fracaso.
Boric nunca fue capaz de comportarse a la altura del cargo que ocupó. Y no sólo no estuvo a la altura, sino que lo degradó. Se acostumbró a torcer la realidad, inventándose una propia.