¿Dónde están?
Lo urgente es encontrar a esos niños. Esa tarea ya no es de quienes los perdieron, sino que, por fortuna, de este gobierno.
Lo urgente es encontrar a esos niños. Esa tarea ya no es de quienes los perdieron, sino que, por fortuna, de este gobierno.
La intervención de Boric es un intento ramplón de transformar en virtud lo que fue fracaso, y en responsabilidad ajena lo que fue decisión propia. Se puede discutir la política del CAE con seriedad. Lo que no se puede hacer es discutirla omitiendo que el interlocutor principal de esta historia es el mismo que prometió condonar, que vio subir la morosidad, que amplió las facultades de cobro y que hoy sale a indignarse por los resultados.
La misma izquierda que lleva años construyendo una industria retórica alrededor de la desinformación, la polarización y la degradación del debate público, encontró en ese grito no un síntoma del problema sino su reivindicación. La paradoja sería divertida si no fuera tan costosa.
La propuesta del Gobierno tiene complejidades técnicas que habrá que resolver con rigor, como las garantías del debido proceso, proporcionalidad de las sanciones, mecanismos de rehabilitación. El propio Kast reconoció que todos tienen derecho a rehabilitarse, pero que tiene que ser con hechos concretos. Ese matiz importa y debe quedar en la ley.
El Estado les falló a los niños más pobres de Chile de todas las maneras posibles al mismo tiempo: no les llegó la once, no llegaron los lápices, y tampoco llegó la autoridad que protege el derecho a estudiar en paz.
El PS lleva siete u ocho años bailando al ritmo de quienes lo humillaron. Sigue siendo el vagón de cola de una ultraizquierda que nunca lo respetó y que hace sólo cinco meses recibió la derrota electoral más contundente de su historia reciente.
El informe del Consejo Fiscal Autónomo tuvo la virtud de convertir a quienes más ningunearon el equilibrio fiscal en devotos seguidores de Hayek.
El gobierno de Boric terminó con un saldo de -30.682 empleos formales netos: el peor registro en veinte años de historia democrática. Mientras eso no se explique, la izquierda no tiene autoridad para dar lecciones de empleo.
La respuesta honesta, por mucho que incomode, es que no propone nada coherente, nada fundado, nada que pueda someterse al escrutinio técnico sin desmoronarse.
La izquierda chilena impulsó los retiros previsionales, expandió el gasto público más allá de lo sostenible y dejó las finanzas fiscales al límite. Ahora, desde la oposición, obstaculiza las medidas correctivas y repite la misma retórica de siempre.