
Volver al futuro
El siglo XXI nos ha demostrado que la música no envejece en línea recta, sino en espirales caprichosos. Lo que parecía olvidado retorna, y basta a veces un guiño audiovisual para reactivar ese conjuro.
El siglo XXI nos ha demostrado que la música no envejece en línea recta, sino en espirales caprichosos. Lo que parecía olvidado retorna, y basta a veces un guiño audiovisual para reactivar ese conjuro.
Hoy, lo que se despide no es solo un hombre de 77 años: es un timbre, un registro y una emoción irrepetible.
La música ya ha demostrado antes su capacidad de influir. Las protestas contra Vietnam, el movimiento anti-apartheid o las denuncias contra las dictaduras latinoamericanas encontraron en los escenarios una caja de resonancia global. No cambiaron la historia, pero ayudaron a crear el clima cultural que permitió esos cambios.
Como en sus canciones, Billy Joel -incluso en la cima- nunca encajó del todo en el traje de ídolo global. Siempre escribió desde abajo, desde la mirada, la moral y el corazón de un tipo de barrio que observa el mundo y lo cuenta. Y aunque en algún momento ya no era ese hombre, siguió cantando como si lo fuera.
No se trata solo de volver al mapa anterior. Lo que está en juego para 2026 es si Lolla Chile volverá ser lo que fue en ese lugar. El festival ya tiene suficiente trayectoria como para esperar que esta vuelta no se quede en una postal de reencuentro con árboles conocidos.
Coldplay ofrece un espectáculo donde cada lágrima, cada abrazo o cada petición de matrimonio -que también hubo la noche en que pillaron a los infieles-, puede terminar en TikTok o en un reel de Instagram mientras suena Fix You de fondo.
Fue también un profeta involuntario; un hippie desaliñado y tartamudo que sin pretenderlo fundó una religión sin templos, pero con acordes oscuros, letras apocalípticas, y multitudes entregadas a la más revolucionaria fórmula con que se haya reinventado el rock en las últimas décadas.
Aunque el rock chileno ha sabido de otros reencuentros importantes, lo de Los Tres tiene una densidad distinta. No es solo volver a tocar: es volver a crear con lo que significa que sean ellos y no otros los que están creando
Lo que hace El Bloque Depresivo, entonces, no es solo llenar el Nacional con canciones melancólicas. Es canalizar un clima de época y ofrecer un espacio emocional en una cultura que por años negó el desahogo y que disfrazó la pena de fuerza.
¿De qué hablamos? De un grupo musical creado por la inteligencia artificial y cuyo verdadero triunfo está en construir un universo sonoro que, lejos de sonar irreal, se declara con una familiaridad emocional que muchos músicos de carne y hueso podrían tardar años en encontrar.