Cristian Valenzuela: calladito, más bonito
Valenzuela es la sombra de Kast y a la vez su perfecto contrario. Tan chileno como Kast es alemán, tan gordo como Kast es flaco, tan rápido como Kast es cuidadoso, tan despiadado como Kast es piadoso.
Valenzuela es la sombra de Kast y a la vez su perfecto contrario. Tan chileno como Kast es alemán, tan gordo como Kast es flaco, tan rápido como Kast es cuidadoso, tan despiadado como Kast es piadoso.
Desde la distancia —y también, de algún modo, desde la cercanía— nuestro columnista reconoce que no votó por el actual Presidente, pero confirma que, honestamente, le interesa que le vaya bien. Por lo mismo, se permite darle algunos consejos.
Todos los economistas que conozco alaban el estilo con que Jorge Quiroz escribe sus papers e informes. Pero nada de ese estilo sutil e inteligente ha traspasado a sus primeras apariciones en los medios.
Milei era en esta ceremonia un invitado más, pero terminó siendo algo más: una tentación, un espejo y un delirio. Lo que vimos en el Congreso ese día no fue solo diplomacia ni protocolo. Fue fanatismo.
Kast puede ser mesiánico pero no está loco, aunque ha cometido estas semanas la locura de abandonar su temple para ajustarse al guion de Trump. Pero para hacer las cosas como Trump hay que ser Trump, o ser Milei y vivir en un país desesperado.
Lo cierto es que el ministro no hizo casi nada de lo que pueda avergonzarse. Chile tiene perfecto derecho, diría incluso que el deber, de negociar con China sin dejar de hacerlo con Estados Unidos. Lo entiende a la perfección Fernando Barros, el nuevo ministro de Defensa, cuyo estudio de abogados constituyó en Chile la sociedad filial de China Mobile y le prestó su domicilio legal, sin que nadie en el futuro gobierno de Kast considerara eso una traición ni una ingenuidad.
¿Por qué pelean tanto los escritores? ¿Por qué su manera de amarse es odiarse? Los escritores de otros países siempre destacan a Chile como un lugar en que es casi imposible cerrar una lista de invitados a cualquier comida sin que uno u otro se ofenda mortalmente. Pero lo cierto es que la historia de la literatura fuera del endogámico panorama chileno no está libre nunca del todo de cachetadas y escupitajos.
No fuimos gobernados por ladrones ni por dementes, sino por soberbios que aprendieron tarde su lección. Todo pudo ser mucho peor. Y también mucho mejor.
Iván Poduje entendió rápidamente que la gente allá afuera no quiere expertos gentiles que moderen el debate, quiere guerreros que nombren sus frustraciones sin rodeos y que señalen culpables. Por eso habla más fuerte que otros, más elocuentemente, con más datos y más confianza, pero corre el peligro de no escuchar a nadie más, de convertirse en ese monólogo brillante que nadie puede interrumpir.